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José Alpresa Rodríguez. Ejerció la Abogacía cristianamente

José Alpresa Rodríguez. Ejerció la Abogacía cristianamente

Aquel abogado creía firmemente en los designios de un Dios que el pasado 22 de diciembre, sin azar ni loterías, quiso llevárselo consigo para siempre. Era el final de una vida en la que sobrellevó con entereza enfermedades y otras adversidades, compaginándolas hasta el final con el ejercicio devocional de su profesión. Ese día el letrado don José Alpresa Rodríguez logró la paz que tanto ansiaba.

Quedaban atrás más de cuarenta y ocho años al servicio de la justicia y de la abogacía sevillana, defendiendo a quienes depositaron en él su confianza para que les patrocinase, generalmente ante la jurisdicción penal. Como buen abogado penalista valoraba la libertad en toda su extensión y luchaba con absoluta dedicación por preservar en todo lo posible ese bien superior de sus clientes y de nuestra convivencia en sociedad.

Era un letrado habitual de las dependencias judiciales, siempre abogando por una libertad provisional o defendiendo en estrados hasta obtener la mejor sentencia para su cliente. Amaba la libertad y a sus defendidos, a los que por sus arraigadas creencias religiosas trataba como a verdaderos hermanos en Cristo, compadeciéndose con ellos y de ellos. Puede decirse que ejercía la abogacía cristianamente, con plena conciencia de que su entrega profesional era también exigencia de fe y de fraternidad bien entendida.

Esa misma actitud se evidenciaba en sus relaciones con los colegas, impregnadas siempre por el más noble e incondicional espíritu de servicio: compañerismo en estado puro en simbiosis con un corporativismo bien entendido. Su humildad no le impedía sentirse orgulloso de ser abogado, pues era consciente de que la profesión le posibilitaba ayudar a los demás y aminorar muchas injusticias. Ciertamente era un buen compañero, servicial con todos y amante de la Justicia.

Alpresa ha entrado en la vida definitiva y en la historia milenaria de nuestra ciudad, porque goza de la presencia de Dios y ya ha pasado a ser un eslabón más en la concatenación de sevillanos de bien que dejan su espíritu, sus amores y su memoria en la ciudad común y eterna.

Ha pasado por Sevilla con una estela de hombría de bien, sin estridencias y al silencioso modo de su primitivo Jesús Nazareno al que tanto rezase. Se ha entregado sin medida ejerciendo la abogacía como si de una religión se tratase, con la determinación aprendida de esa zancada divina de su Señor del Gran Poder al que siguió tantas madrugadas.

Pero sobre todo ha transitado por este mundo dictando una lección vital de amor a los demás, asimilada desde su niñez en esa su Hermandad primera que proclama el Amor inagotable del Divino Salvador a cuyos pies quedarán para siempre sus cenizas.

Ya vive eternamente en el Amor de Sevilla este buen cristiano, abogado de profesión y sevillano de corazón, al que muchos nunca olvidaremos.

José Joaquín Gallardo Rodríguez.

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