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Un testigo díscolo

Haber pasado bastante más de media vida consagrado a los pleitos, juicios y arreglos amistosos, da para mucho. He conocido a un nutrido elenco de congéneres, cada uno de ellos cargado con unas alforjas de muy distinto bagaje psíquico y moral, y he asistido a la representación en el gran teatro de la vida de un amplio catálogo de sainetes. La observación atenta de ese variopinto mundo que circunda al abogado, obviando los dramas, siempre presentes en la aventura humana, es lo que ha hecho viable la tarea de llenar de contenido esta página en cada número de LA TOGA.

Pero, naturalmente, el repertorio, ya extenso, de esta colectánea de anécdotas no sólo se ha surtido del conocimiento personal y directo de los episodios narrados, sí que también de la generosa colaboración de esos compañeros que, sabedores de mi afición, me han dado traslado -expresión muy de nuestro oficio- de aquellos lances que han conocido de primera mano.

Tal es el caso del sucedido que me va a permitir hoy cumplir el compromiso gustosamente asumido de dar a la estampa periódicamente el inocuo solaz de estos articulillos. Me lo cuenta un joven colega al que me vinculan razones de especial afecto y cuya exitosa andadura por la profesión es para mí motivo de íntima congratulación.

Hubo lugar el caso, varios meses atrás, acaso un año, en el Juzgado de uno de los pueblos más importantes de nuestra provincia. Los litigantes se enfrentaban por mor de unos daños domésticos que el perjudicado asacaba a negligencia o desidia de su contrincante, imputación que éste rechazaba. La pendencia se estaba dilucidando en un juicio ordinario, que viene a ser como el sucesor de lo que los viejos conocíamos como juicio declarativo de mayor o de menor cuantía, según el grosor económico del asunto. Ya se había practicado la prueba de interrogatorio de las partes, que ahora tiene lugar en acto solemne y de forma verbal, y que antaño se llamaba prueba de confesión y se practicaba a través de preguntas escritas (el extinto pliego de posiciones: diga ser cierto que…).

El letrado de uno de los litigantes propuso la prueba testifical, con el propósito de adverar los hechos aducidos en su demanda. Dos testigos habían de ser sometidos a interrogatorio. Ambos respondieron a las preguntas que les fueron formuladas por los respectivos abogados. Una vez realizada su deposición (con perdón), el juez les ordenó que se sentaran en el banco dispuesto al efecto.

Se practicó después una prueba pericial, cuyo desarrollo adoleció de cierta premiosidad, y se abrió más luego el trámite de conclusiones. El letrado del actor realizó un examen harto minucioso del resultado de las pruebas practicadas, para a seguidas detenerse en la exposición de los argumentos jurídicos que, a su entender, servían de eficaz soporte legal a sus pretensiones. El acto, a decir verdad, se estaba prolongando en exceso.

El juez seguía atentamente el informe del abogado, lo que no impidió que observara cómo uno de los testigos alzaba la mano para llamar su atención.

— Ese testigo que gesticula debe permanecer quieto y con el debido respeto -le amonestó.

El aludido se removió en su asiento, su rostro esbozó unos jeribeques y procuró guardar la conveniente compostura, permaneciendo quiescente. No obstante, el hombre, que, dicho sea de paso, era recoquín de hechuras y mazorral de apariencia, no podía ocultar su desazón. Seguramente estaría ya aburrido de escuchar unos discursos que no entendía y deseando de verse en la calle. Lo cierto es que se atrevió a hablar:

— Señor juez, yo…

— ¡Silencio! Usted ya ha contestado a las preguntas que se le han hecho y ahora debe permanecer callado. Que no se lo tenga que advertir más.

El testigo se demudó, mutando su faz de livor a lívido. Oía las doctas palabras del letrado informante como quien oye un lejano rumor de olas que rompen su espuma -enaguas blancas de la mar- en la arena de la playa. Por fin, el abogado del actor concluyó su profusa intervención. El juez concedió la venia al que lo era del demandado, que tampoco se distinguió por la parcidad en el uso de la palabra. Su alegato podía calificarse de jurídicamente sólido y fónicamente brioso, pero al testigo en cuestión se le antojaba monocorde, ininteligible e interminable, según se deducía de la pugna que parecía mantener consigo mismo para embridar su impaciencia. Ello, hasta el punto de elevar de nuevo el brazo e intentar hablar:

— Yo…

— ¡Guarde silencio! -clamó imperiosamente Su Señoría, ya abiertamente enviscado-. Es mi última advertencia; si vuelve a interrumpir el acto, adoptaré las pertinentes medidas para que sea enjuiciado por la jurisdicción competente por la infracción penal de desobediencia.

— Es que…

— ¡Que se calle, he dicho!

— Es que… ¡Es que hace un rato que me estoy meando!…

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