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Por sevillanas

Son muchas las horas que los funcionarios pasan en los Juzgados y mucha la tarea a realizar. Datan de antiguo las voces que se quejan de la premiosidad con que la Justicia resuelve los problemas que se someten a su veredicto, pero es verdad que en nuestros tiempos su parsimonia es más acusada, no porque el factor humano que interviene en el proceso judicial propenda hodierno a la holgazanería, sino porque la conflictividad en la grey ciudadana ha engordado de tal forma que los órganos jurisdiccionales están saturados, sobrepasados y desbordados.

Señalaba al comienzo de esta página que una buena parte de la vida de los funcionarios judiciales transcurre en su centro de trabajo y, por la superabundancia de asuntos en los que han de afanarse, disponen de pocos paréntesis de asueto durante su jornada laboral. El intercambio de alguna inocua chanza entre ellos, la ocurrencia de algún justiciable víctima del miedo escénico que provoca el ámbito judicial, o el comentario jocoso de algunos profesionales asiduos visitantes de la oficina, marcan los puntos de ligero solaz que pespuntean el paso de las horas dedicadas a transcribir declaraciones, providencias, autos o sentencias. Al margen de estas esporádicas situaciones, nada redime a este trabajo del yugo de la monotonía.

Con lo anterior, dicho se está que no es una oficina judicial lugar propicio para ninguna suerte de espectáculos. No lo es con carácter general, pero tampoco se puede descartar la posibilidad de alguna excepción. Como, por ejemplo, la que me dispongo a referir, cuyo conocimiento debo a un querido compañero cuyo nombre, por cierto, quedará indeleblemente inscrito en la historia de nuestro Colegio. Aunque el lance ocurrió muchos años ha, él, testigo presencial, me lo ha contado recientemente, y a mí me peta sacarlo a la luz en esta contraportada.

Ocurrió ello en una de las oficinas de uno de los Juzgados que se ubican en el Prado de San Sebastián. El juez titular era hombre de gran sabiduría jurídica, de finos modales y cortés trato con sus semejantes, ya fueran subordinados, justiciables o profesionales; pero, como nadie es perfecto, era triste en extremo; taciturna era su figura y mohíno su semblante. Puedes jurar tranquilamente, amigo lector, sin temor a incurrir en perjurio, que aquel señor hubiera desempeñado un papel harto deslucido en una juerga.

Aquel día era uno de los de la Feria de Abril; algunos funcionarios y bastantes de los ocasionales visitantes de la oficina acusaban en sus rostros el cansancio que la noche anterior habían acumulado bajo la iluminación del Real y el jolgorio de las casetas. En aquella época no existía el actual Servicio Común de Notificaciones y Embargos, siendo así que a los procuradores se les notificaban las resoluciones en el propio Juzgado que las dictaba.

Pues bien, en su recorrido diario por las distintas oficinas, allí entró un procurador (q.G.h.), que era acabado ejemplo de gracia y simpatía, siempre con un comentario jocoso a flor de labios y un gesto afectuoso para quien se le acercara. Aquel día, además, como la ocasión lo propiciaba, adornaba la solapa de su chaqueta con un rojo, rojo clavel. Saludó a los circunstantes con su jovialidad habitual y les alentó a dar pronto por terminado el tajo y marchar a la Feria, que, decía, estaba “pa rabiar”. Le notificaron varias resoluciones, entre ellas una sentencia favorable a su cliente.

-Ni contento ni ná que se va a poner el abogado con esta sentencia, con el interés que tenía en el asunto -comentó. Y luego, dirigiéndose a los funcionarios, a los que siempre regocijaba la presencia de tan singular personaje, les dijo.

-¡Venga, tíos! A ver si os animáis y quitáis esas caras de estreñidos… Tomad ejemplo de mí…

Y, en así diciendo, inopinadamente se subió a una silla, acreciendo así su menguada talla, y, en tan reducida pista, esbozó los pasos de una sevillana, ante la general algazara.

Pero he aquí que repentinamente todos los funcionarios abandonaron las risas y las bromas y adquirieron un especial aire de gravedad, mientras nuestro procurador continuaba simulando los airosos giros de la seguidilla. La actitud de los empleados respondía a la inesperada e inusual presencia del juez en la secretaría, de la que no se había percatado el bailarín. La connatural sobriedad del juez se acentuó ante aquel espectáculo insólito en el severo marco de sede judicial, asomando un punto de desagrado y reprobación en su rostro, pero antes de que le diera tiempo a condenar la estampa que se ofrecía a sus atónicos ojos, el procurador, al advertir la presencia del juzgador, cesó instantáneamente en sus movimientos, saltó de la silla y, con gesto contrito, le dijo:

-Perdone, Señoría, pero me acaban de notificar una sentencia que ha dictado usted, y está tan bien puesta y es tan buena para mi cliente, que de la alegría que me ha dado no he podido evitar ponerme a bailar…

El juez, por una vez, permitió que en su cara brotara la tímida florecilla de una media sonrisa.

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