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Obituarios

Maestro Mates

El domingo 20 de septiembre de 2.009 falleció nuestro compañero Antonio Mates. Murió sereno, en su casa y rodeado de los suyos, a los que tuvo tiempo de decir adiós.

Había nacido en Sevilla, el 28 enero 1935, donde se crió, estudió, se casó y tuvo sus tres hijos, de los que le han sobrevivido dos.

Ejerció la abogacía durante casi cincuenta años, desde el 20 de febrero de 1.960, cuando ingresó en nuestro Colegio, en el que ocupaba el número 97 de orden cronológico.

A principios de los años setenta participa en la fundación del Centro de Especialidades Jurídicas con el desaparecido Francisco Capote, entre otros compañeros. En un tiempo de cambios, ese despacho se señala por destacadas defensas en causas políticas ante el Tribunal de Orden Público. Antonio, que fue un ejemplo de ejercicio comprometido de la profesión de abogado, en los difíciles años de la transición se decanta abiertamente por las posturas políticas más progresistas. Hace pocos días, mientras investigaba para documentar estas líneas, un muy viejo militante del PCE me contó cómo sacaban de casa a horas intempestivas a Don Antonio “Amate” para montarlo en su taxi y llevarlo a asistir a algún represaliado. Sin embargo, Antonio nunca fue de abogado “progre” y su honestidad no le permitió sacar partido a su currículo político.

Funda su propio despacho a principios de los ochenta, tras los que vendrían los años del éxito, el reconocimiento y los asuntos de repercusión mediática que todos conocemos y que marcaron para siempre su trayectoria, porque Antonio se implica hasta el punto de quedar absorbido por ellos. Y es que, si algo llamaba la atención en él, era la entrega que ponía en cualquier caso que defendía, fuese aquel juicio de faltas en que asistía de favor a un amigo o aquel otro famoso asunto que hizo tambalearse al gobierno. Para comprobar lo a pecho que se tomaba Antonio las cosas, basta leer sus artículos “Un fraude de ley” aparecido en el número 160 de esta revista o su testamento sobre nuestra profesión, “Los abogados ¿El levantamiento del velo?” (nº 165).

Sólo si se conoce el valor que daba Antonio a la amistad y el ejercicio que hacía de ella, se puede llegar a comprender cómo le afectó la inesperada muerte del que fuera – a la postre- su último compañero de despacho, Aurelio Tejera. Aurelio era mucho más joven que él y a Antonio le encantaba rodearse de compañeros jóvenes, con los que compartía anécdotas y enseñanzas. De hecho, su gran afición tardía fue la docencia, que desarrolló en la Escuela de Práctica Jurídica de esta casa, cuyo personal recuerda cómo las carcajadas de sus alumnos se oían desde la puerta de entrada al Colegio. Antonio les contaba cómo se había topado por primera vez con las palabras Habeas Corpus: era el nombre que el protagonista de unas novelas americanas que leía cuando niño había puesto a su mascota, un cerdo.

Hablando de anécdotas, quiero permitirme recordar la primera que recuerdo que me contase, aunque sólo sea para restarle amargura a su pérdida. Todos sabemos a quién me he referido cuando citaba ciertos casos mediáticos. Si no, tampoco importa pero, teniendo en presidio a un conocidísimo cliente, le llamó para citarse con él. Antonio, que era muy considerado, le preguntó: “¿a qué hora te viene bien que me pase para tratar del tema?” y su cliente le contestó: “ven cuando quieras, no pienso moverme de aquí”. Siempre que nos llamábamos para vernos repetíamos esa misma liturgia.

Algunos compañeros cuyos recuerdos he volcado aquí lo han definido en uno u otro momento como un padre para ellos, han destacado su gran inteligencia y su capacidad jurídica, han recordado la originalidad de sus defensas, la humanidad y brillantez de sus informes, la vehemencia con que se expresaba, lo ameno de su conversación, la capacidad para inventar historias, la alegre melancolía de su carácter… Para mí es el mejor compañero que he conocido, aunque suene superfluo hablar bien sobre alguien de quien estoy seguro que nadie podría decir nada malo.

Antes de volver a casa para pasar con los suyos sus últimos días, quiso dar las gracias a quienes habían cuidado de él en el hospital recitándoles el poema de Antonio Machado A un olmo seco.

Un compañero agradecido

Mª del Carmen Prieto Jiménez, una mujer excepcional

Allá por el año 1981 tuve la suerte de conocer en Fregenal de la Sierra a mi compañero y Juez Ángel Márquez Romero y a su mujer María del Carmen Prieto Jiménez la conocí poco tiempo después con motivo de la inauguración del nuevo edificio judicial de Castuera. Gran día aquél. Pero fue en Málaga, a partir del año 1986, cuando la amistad se cimentó entre nosotros, iniciando una entrañable y gran amistad que nos ha unido como hermanos y que ha perdurado con el tiempo hasta que el destino ha truncado con tu marcha. Este contacto casi diario y seguro semanal nos hizo comprender que nos encontrábamos ante una mujer EXCEPCIONAL, en todos los aspectos de la vida.

Como recordaban en tus exequias, eras una mujer íntegra, buena hija, buena hermana, buena profesional, buena amiga, buena madre y buena esposa y compañera. Tu marido te adoraba ¿se puede decir más?

Eras Abogado y pronto observamos tu bondad y sencillez al ver como defendías los asuntos que te llegaban. Los hacías propio y personal, lo que determinó que en muchas ocasiones te lo riñéramos. Los defendía como algo tuyo, lo que te produjo muchos disgustos personales e, incluso, agresión física a la espera de un juicio. Nunca un mal gesto, una mala cara. Siempre palabras comprensivas y cariñosas para tu cliente. Nunca querías cobrarles,”pobrecillos”, y si le cobrabas, una ridiculez que tu marido y yo te recriminábamos cuando nos lo decía. En ocasiones quisiste sufragar de tu bolsillo el asunto que no te salió como querías.

Y qué decir de tu aspecto personal y humano. Eras inigualable, lo que no hay hoy. Se te murió, entre otros muchos seres queridos, una hermana menor, “Simón” y al poco tiempo Dios puso en tu camino un niño de idénticas características y lo acogiste y le habéis dado cariño como si fuera un miembro más de la familia. Tu casa -como yo te decía- era la “pensión el sopapo”. Cuando venían familiares de Córdoba les daba a comer a todos e incluso dormían, no se como, en tu casa, y tú tan contenta y feliz por ello: “mismo da”, decías y nos desarmabas. No sólo no te importaba sino que agradecía que tu casa se llenara de amigos de tus hijos para ver los partidos de fútbol por televisión, se acomodaban como podían y les daba cervezas y tapas para todos. Y qué decir del “pescaíto frito” que llevabas montando desde hace años para que tus hijos y sus amigos (nosotros tuvimos la suerte de participar los dos últimos años, cambiando con gusto al de la caseta) lo celebraran. Cuando trabajabas preparando las viandas para esa noche, dando de comer a 30 o 40 chavales jóvenes (que se comen a su padre), con las dos freidoras echando humo friendo todo tipo de pescados y filetitos empanados y tú tan contenta y tan feliz, sin importarte nada todo lo que dejaban cuando sobre las 12 se marchaban a terminar de rematar la noche. Entonces tú y tu marido os sentabaís en el tresillo, felices y tranquilos, con una copa larga en la mano, comentando a los que os acompañabámos la gran noche que se había pasado…, lo que quedaba ya se recogería. De corazón, de verdad ¡Inigualables los dos!

Para ti, Mari Carmen, esa noche se convirtió en algo mágico e insustituible, por ver a tus hijos y amigos juntos y felices, lo demás no tenía importancia -”mismo da”- decías- Tan es así, que el reciente Jueves Santo- ya con el “bicho” hecho dueño de tu cuerpo – te pregunté por el pescaito frito de este año y me comentaste que sólo muerta no lo harías y me consta que le comentaste a tu hijo Kiko, horas antes de marcharte, que no fuera a faltar este año a tal acontecimiento: ¡de oreja y rabo y todas las vueltas que quieras dar en el Cielo, pues los ángeles y nosotros desde la tierra no te dejaremos de aplaudir!

Que poco tiempo tuviste para disfrutar del piano que con tanto cariño te compraron tu marido e hijo este año por los Reyes y cuya operación de llegada a la casa la diseñaron, para que tú no te enteraras hasta estar colocado, de forma que “hasta el mismo General Paton envidiaría”. Espero que cualquiera de tus hijos continúen con la pasión que tenías por el piano.

Termino contando, como testigo directo, tu maravilloso y ejemplarizante comportamiento que has tenido a partir del fatídico 31 de julio de 2009. Es increíble como superabas y sobrellevabas lo que tú perfectamente sabías, conocías y tenías asumido para que nadie estuviera triste a tu lado y ¡a fe que lo lograbas! Y de los últimos quince días: qué sosiego y paz difundías, qué manera de soportar el presumible dolor que nunca expresaste, qué maravillosos consejos fuiste dando a tu marido, hijos y amigos que te acompanábamos. Incluso, horas antes de marcharte, hiciste sonreir con el gracejo que te caracteriaba a todos los presentes con la sublime frase “mira que en martes y trece” y me consta que le recordaste a tu hijo “lo del pescaíto”. EXCEPCIONAL. INIGUALABLE. No me cabe un ápice de duda que ya Dios estaba en ti, y por eso, te has ido como te has ido.

Lo que si te digo, Mari Carmen, es que vayas buscando por el Cielo un “Casa Guillermo” cualquiera para que, cuando tarde o temprano nos volvamos a reunir, reanudar el rito semanal de la casera manchada.

Pepi y Benito.

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