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Obituario

Daniel Jiménez-Quirós Martínez

El pasado día 8 de febrero falleció en su domicilio particular Don Daniel Jiménez-Quirós Martínez, abogado en ejercicio desde el año 1981. Dios quiso, repentinamente y sin aviso, llevárselo para Sí el mismo día que cumplía 53 años. Muy poco años para todo lo que Daniel pudo haber hecho o, mejor dicho, le quedaba por hacer. También el Altísimo quiso que Daniel nos abandonara en la mejor época de su existencia, que disfrutaba con su inseparable Reyes. Somos de Dios y vamos a Dios cuando Dios quiera.

Su afabilidad era conocida y reconocida en todos los ámbitos en donde desarrolló su vida, tanto en el mundo del Foro como en el de las Hermandades y Cofradías, que ocuparon gran parte de su tiempo.

Estuvo casado con Doña Reyes Iglesias Aguilar, con quien contrajo matrimonio hace aproximadamente siete años.

Daniel era una persona formal donde las haya, recto en su proceder, y con una conversación inagotable, amena e ilustrada.

Mi conocimiento de la persona de Daniel procede incluso del Colegio Portacoeli, pues fue compañero de mi hermano Luis, pero fundamentalmente de nuestra militancia en la Hermandad el Santo Entierro; y de la Abogacía.

Su responsabilidad le llevaba a abandonar las largas tertulias que teníamos en la Hermandad (o en “La Sucursal” como llamábamos al Bar El Serranito situado justo en frente de la misma, con nuestro amigo Pepe) y preguntado por el motivo del por qué abandonaba el grupo, contestaba: “Me voy, mañana tengo juicio”. Daba igual que el juicio fuera a las nueve y media que a las doce, cuando tenía juicio al día siguiente, el tenía que retirarse pronto para concentrarse en su trabajo.

Era tradicional ver a Daniel, por la mañana, con su portafolio de trabajo, paseando por el Centro, así como eran proverbiales sus paradas con todo aquél que conociera. Daniel no era de los de hola y adiós, Daniel era de pararse.

Fue mi antecesor en el cargo de Hermano Mayor en la Hermandad del Santo Entierro, cargo que desempeñó durante ocho años, dándome el relevo en el año 2005, momento que refleja la instantánea que se reproduce junto a estas líneas. Y éramos número correlativos en la nómina de hermanos pues entramos al mismo tiempo en la Corporación y, desde entonces, juntos permanecidos en la misma.

Daniel disfrutaba la vida. Sus tertulias en el Círculo de Labradores, sus Hermandades (además del Santo Entierro era hermano casi de nacimiento de San Isidoro, y más recientemente de la Sacramental de San Pedro) de las que era cumplidor como el que más; sus particiones hereditarias; sus viajes a Asturias; y la buena comida, con la que disfrutaba hasta el punto que se convirtió, por avatares de la vida, en un auténtico cocinilla.

Pero sobre todo, Daniel era una buena persona, una muy buena persona. Era muy difícil oírle hablar mal de alguien, rara virtud por escasa y que explica la cantidad de gente que acudió a despedirlo, tanto en su velatorio como en su entierro.

Te has ido con mucho camino ganado Daniel, amigo Dani. Tu Cristo Yacente habrá perdonado las faltas que pudiste haber cometido y no me cabe duda de que gozarás de la presencia de Dios. Intercede por nosotros. Y un beso muy fuerte a Reyes, reflejo de la desolación de María Santísima de Villaviciosa. Descanse en Paz.

Luis Miguel Onieva.

Recuerdos de un amigo

Lo conocí años antes de entrar en la Facultad de Derecho, hacia primeros de los setenta, algunas charlas tuvimos delante de una cerveza y un pavía en el Santa María de la calle Monte Carmelo o ante un caballito de jamón en los Latinos de Virgen de la Estrella, pues casi todos entonces vivíamos en Los Remedios y aquellos eran los bares de tertulias y charlas de amigos y amigos de amigos; allí con la gente del remo y del rugby (Labradores y Náutico) discutíamos con Manolo (su hermano), Julián Lojendio, Paco y José Manuel (Magila) Montes Romero y muchos mas, casi todos posteriores juristas. Pero fue ya en la Universidad cuando el trato, el compañerismo y la amistad creció abundantemente entre él y Fernando Fernández Luna, Fernando López Carrasco, Miguel Valdés, Cayetano Barra, Javier Arenas, Federico Buero, Sánchez del Águila (hijo), Manolo Salinero, Carlos Guerbós, Quico Sainz, Juan Ignacio Zoido, el que suscribe y algunos otros que se me escapan.

Recuerdo igualmente las visitas al despacho de calle Garcí Pérez, en el barrio de San Bartolomé, de todos nosotros, muy jóvenes profesionales, para a consultar con su padre, D. Manuel, temas de testamentarías, particiones o arrendamientos rústicos, materias en el que era una autoridad. Lo recuerdo encorbatado sentado ante su mesa, con un flexo, en frente de un rígido estrado adamascado, colgado en su testero un cuadro de San Daniel, entre legajos, tomacos de Aranzadi y Alcubillas, estudiando un asunto o buceando en el Castán o el Broca Majada.

Recuerdo las purrusaldas en su casa de soltero de Asunción que las (expertas) manos de Salud, su madre, (un beso muy fuerte y que Dios te siga guardando), hacía todos los años para sus hijos y los amigos de sus hijos, solo superado –me refiero al guiso- por la perfección de los tocinos de cielo y otros dulces que al final del banquetazo nos ponía. Recuerdo los viajes a Portugal, con los amigos de siempre (ya mencionados) explorando iglesias de Faro, Portimao, Lagos o Sagres y descubriendo imágenes y Vírgenes Dolorosas de cofradías lusitanas. Recuerdo nuestro ingreso en la Hermandad del Santo Entierro, con aquelos cofrades y juristas, Guillermo Mira, Fede Jiménez Ballester, Pisqui Onieva, Juan Pedro Illanes, Pive Gonzalez Gaggero, Vicente Jiménez Filpo (Gamba), Carlos Rodríguez Sierra, José Manuel Laguarda, Mané Berjano, Pipi Arredondo, Pablo Gordillo Cañas, Beatriz Jiménez Suñe, Rafa Doñoro, las hijas de Filiberto Mira (Mercedes, Carmen, Teresa, Reyes y Amparo), Rafa Silva y otros varios (todos juristas y lectores de esta “Toga”) además de la pandilla de siempre. Recuerdo innumerables Cuaresmas y Semanas Santas en la Iglesia de San Gregorio con nuestra hermandad, su vida y esposa después de Reyes; recuerdo (esto es buenísimo) el traslado de nuestro Cristo Yacente al medio día de cada Martes Santo, revestido de acólito, con un servidor, escoltando al Comendador de los mercedarios (lo parecíamos mas él o yo que Fray José García); recuerdo su presencia en San Calixto-Hornachuelos (Córdoba) en una boda de testigo comiéndose en la víspera un lenguado por necesidad; recuerdo la suya, ahora de testigo casi todos los nombrados, viendo feliz a toda la familia Jiménez Quirós, Martínez e Iglesias Aguilar (¡que bien lo pasamos!).

Todos, absolutamente todos esos recuerdos, me acompañarán hasta que llegue el día en que otra vez, cara a cara, nos volvamos a reunir con él para seguir como siempre.

José María Font Ortiz.

Mariano Serna García

En memoria de Mariano Serna García, abogado del Iltre. colegio de Sevilla, falleció el día 28 de noviembre de 2009.

En la habitación reina una agradable penumbra, gracias a los postigos que permanecen semi-cerrados, y también a lo cubierto del cielo, que ya ha dejado una ligera llovizna sobre el adoquinado de la calle y le ha dado lustre a la estatua de Murillo, el cual mira impasible y abstraído la vieja espadaña del antiguo convento de la Merced. Corre el mes de noviembre y el frio ya ha hecho acto de presencia en la ciudad. En el despacho se conserva, no obstante, la calidez de la noche anterior y el aroma de alhucema que proporciona el viejo brasero de cisco, brasero tan antiguo como el inquilino que lo ocupa. ¿Cuántos años de ejercicio?, ¿Cuántos asuntos?, ¿Cuántos compañeros que ya no están?.

Han transcurrido lentamente las horas, y al estudio (pues en esta profesión siempre se es aprendiz) le siguen unos instantes de ociosidad; a fuera sigue lloviznando y al viejo pasante, -con las sombras que proyecta la tenue luz de su gabinete- se le aparecen los fantasmas del pasado, espectros que no son otra cosa que su conciencia en un examen sobre el legado que le dieron y que él ha intentado trasmitir a aquellos, que junto a él, emprendieron tan difícil camino de defender intereses ajenos como si fueran propios. Defensa hecha desde el más escrupuloso sentido de la Justica, pero de la que se escribe con mayúscula y hace a los pueblos libres.

Y sigue recordando el viejo pasante que siempre intentó, y los mentideros de esta ciudad, que tiene más de madrastra que de verdadera madre, así lo reconocen, peleo sus litigios con la visera alzada de su viejo casco de caballero, sin ruindad, con lealtad y no siendo mezquino, aún cuando le asistió la razón y alguna que otra vez el tribunal se lo reconoció. Y también recuerda, aquel juez, que siendo amigo, debió de recusar, al entender que concurría justa causa, anteponiendo un severo cumplimiento del deber a cualquier otra consideración personal. El deber con tintes de servicio a los demás –a pesar de las ingratitudes de sus destinatarios- que bebe del carácter vocacional, como la medicina y que imprime carácter como el sacerdocio, pues, una vez que sientes el abrazo de la toga, te ha de servir de postrera mortaja. Recuerdos de un legado que parece perecer en lenta agonía, impuesta por la velocidad de los nuevos tiempos, y el viejo pasante se inquieta, y angustia, y desazona. Viejos tiempos, viejos compañeros, viejas formas que ha mantenido con empecinada insistencia, pues corremos el riesgo de que la abogacía actual, como una nueva criatura, como un nuevo Frankestein esté desprovista de alma.

Recuerda el viejo pasante a quien fue su maestro, y en el que ahora camina con él y le llama cariñosamente mentor, título que se le antoja demasiado grande para sus méritos, en los cuales no piensa pues le producen un rubor molesto. Se va sosegando su alma al igual que fuera lo hace la lluvia; suena a lo lejos el tañir de la campana de San Lorenzo y piensa en la Dolorosa que se cobija en la Basílica próxima y sus ojos se van cerrando lentamente dando paso al sueño, preludio de otro más sosegado y eterno y de sus manos, cae un antiguo libro de versos:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida

cómo se viene la muerte,

tan callando…

Rafael E Caballero

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