De los medios a la sala y viceversa

¡Al fin estrené la toga! ¿quién me lo iba a decir hace diez años cuando aún perseguía a desconocidos, micrófono en mano, grabando reportajes para la tele? Aunque por otro lado, tampoco resulta tan extraño, pues pensandolo bien, el abogado y el periodista realizan dos labores muy parecidas que constituyen los pilares fundamentales para la democracia española. Sé que más de uno se estará preguntando – ¿y en qué se parecen? -. Pues en muchas cosas, las cuales paso a detallar.

Para empezar, tanto el abogado como el periodista tienen que estudiar muy bien el asunto y conocer bien el tema, lo cual conlleva hacer una buena entrevista al cliente. Además, también hay que preguntar a otras personas que nos puedan ilustrar sobre la materia para estar perfectamente documentados. Por tanto, la entrevista va a estar presente durante todo el procedimiento, y ambos tienen que estar preparados ante las adversidades del directo, el periodista ante la cámara y el abogado en la sala ante el juez.

En segundo lugar, ambos deben ser buenos comunicadores. Tan importante es la oratoria, como las redacciones de los escritos. No basta con una buena exposición verbal enfatizando y modulando la voz en la sala, pues de los escritos depende el cincuenta por ciento del éxito de un asunto. Sabemos que muchos de esos escritos estan plagados de errores por abusar del corta y pega, así como formularios bajados de internet, lo cual no critico, pero si debemos aportar ciertas pinceladas de creatividad artística para dejar clara cual es nuestra impronta, y que ella nos permita diferenciarnos del resto.

Otra similitud entre ambas profesiones tiene que ver con nuestra faceta artística. Tanto el letrado como el comunicador social deben saber captar la atención de su público, interpretando su rol, enfatizando en su turno de palabra como si estuviera actuando en el escenario de un teatro. De modo que el periodista actúa ante la cámara, mientras que el abogado lo hace delante del Juez (siendo también grabado por la cámara del Juzgado).

Por último, está el nexo más frágil entre los dos profesionales: los juicios mediáticos. En estos, la sociedad puede llegar a enjuiciar, y condenar de antemano, a las personas que están sujetas a un procedimiento judicial, como así pasó con el caso de Rocío Wanninkhof, en donde la persona que a priori parecía la principal sospechosa sufrió las injurias y vejaciones de media España, pasando diecisiete meses en la carcel por un error judicial, sin que nadie tuviera en cuenta su presunción de inocencia. Es más, incluso podemos llegar a condenar a los propios juzgadores tras sus pronunciamientos, como así ha pasado tras la reciente sentencia de “la manada”, y todo ello, alimentado por los medios de comunicación.

Todos sabemos que los medios de comunicación se nutren del sensacionalismo, manipulando la noticia, exprimiéndola semana tras semana mientras sea atractiva para los consumidores. Vivimos en una realidad social en la que las noticias se propagan muy rápidamente debido a las nuevas tecnologías. Los acontecimientos pueden filtrase por muchas vías, ya sea a través un funcionario algo locuaz de los cuerpos de seguridad del Estado, o bien sea personal médico, o incluso un empleado del Juzgado, de esos que suelen hablar demasiado mientras fuman un cigarrito cada media horita a las puertas de sus oficinas desvelando la noticia. Por tanto, no se puede andar siempre culpando a los periodistas.

No son pocos los compañeros que me aseguran que a ellos les hubiera gustado ser periodistas, entre ellos Javier Cremades García, socio del prestigio bufete Cremades – Calvo Sotelo, autor del libro que me estoy leyendo y que él mismo me regaló este verano. Cuando me lo dicen, mi cabeza me recuerda que antes era yo el que pensaba lo contrario.

Author: Juan Ramón de la Vega Fernández

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