Juan Antonio Carrillo Salcedo, in memoriam

Ha muerto el catedrático de Derecho Internacional Público de la Universidad de Sevilla, D. Juan Antonio Carillo Salcedo. Jurista de renombre, tanto nacional como internacional- nunca mejor dicho-, su dilatada y magnífica vida profesional es tan conocida que no considero necesario añadir nada más a la muy merecida e inmediata colección de artículos que se han publicado, ex proceso, a raíz de conocerse su fallecimiento. Sin embargo, como ex alumno suyo, sí quisiera destacar lo que, a mi modesto modo de ver, su faceta más importante y trascendental: Su lado humano.

Antes de ello, debo reconocer que, a nivel de estudiante universitario del periodo de la Transición, tuve la gran suerte de ser testigo y alumno de un elenco de profesores y catedráticos de una envergadura sin igual. Y, sinceramente, no creo estar exagerando. En Sevilla, en el periodo que transcurre desde 1975-1985, coinciden, en el tiempo, unos catedráticos de la Facultad Hispalense que han marcado a varias generaciones de juristas y, de forma privilegiada, me encuentro entre ellos. Pero, volviendo a D. Juan Antonio, su lado humano: Una anécdota muy personal, posiblemente durante su dilatada vida académica haya tenido millares o, incluso, decena de millares de alumnos, por sus clases magníficas de Derecho Internacional Público, en sus respectivos cursos de licenciatura, pues bien, un día, no hace muchos años, me encontré en el Centro de Sevilla a D. Juan Antonio, concretamente en la Plaza del Duque y me saludó afectuosamente, lo que me sorprendió. El motivo de la sorpresa y así se lo dije-  era como podía reconocerme tras más de veinte años desde que me diera la última clase, entre tantos alumnos. Su respuesta fue todavía más sorprendente: “Mire usted, aunque no lo crea, recuerdo perfectamente a todos mis alumnos y no iba a ser usted una excepción”. Pues, así era D. Juan Antonio Carrillo Salcedo.

Debo de reconocer que, entre todos los grandes maestros que tuve en la Facultad, la personalidad, físicamente pequeña pero humanamente grandiosa, de D. Juan Antonio,  sobresalía de entre todos. Parece increíble pero, a pesar de haber transcurrido más de veinticinco años, todavía recuerdo, como si fuera ayer, la clase que recibí sobre el tema del origen histórico del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas e,  incluso, podría reproducirlo al milímetro: Así,  nos hablaba del fin de la Segunda Guerra Mundial y del Pacto entre las Potencias que derivó en una de las instituciones más injustas a nivel del Derecho Internacional Público. Por no decir, toda la problemática jurídico-internacional del pueblo saharaui, tras su desgraciado proceso- mal proceso, mejor dicho- de descolonización. Respecto a esto último, que el Sahara Occidental nunca fue territorio marroquí, sino  un “res nullius”, un espacio libre ocupado de forma ilegal a partir de los sucesos de 1975. En fin, son dos buenos ejemplos, pero podría citar otros muchos más, todos ellos caracterizados por un profundo conocimiento jurídico y unas clases que nunca olvidaré.

Más otrosí digo y sigo insistiendo, su lado humano. También recuerdo como un día vino enfadado porque habíamos entrado en clase sin tener en cuenta que estábamos pisando una  parte de la entrada recientemente limpiada por una señora de la limpieza de la Universidad. Nos explicó que su madre había tenido que trabajar de forma muy humilde para sacar a él y a sus hermanos adelante, en una  época de la Guerra y de la Postguerra muy difíciles. Nos dejó a todos sin palabra. En otro momento, sobresalía su talento excelso, con una conferencia de un señor, técnico en la Comunidad Europea, a quien acompañó y nos exigió la presencia, como si fuera una nota de clase más, y la forma en que criticó a algunos compañeros por haber salido antes de que terminara su exposición porque, antes de nada había que poner en preferencia el respeto a la persona, independientemente que guste más o menos la conferencia. Es decir, antes de ser un buen profesor era, sobre todas las cosas, un humanista y un maestro que,  no solo nos instruía del contenido de la materia sino que, por encima de todo, nos formaba como personas en un sendero de un humanismo, que a semejanza de otros grandes hombres, era de un perfil y talante cristiano radical, entendido éste último término desde el punto de vista etimológico, o sea, en sus raíces más profundas, sin perjuicio de sus claras simpatías ideológicas que todos sabíamos y que nunca se lo ocurrió ocultar. Un pequeño inciso, si en algún momento tuviera que calificar como ser un perfecto progresista, muy posiblemente pesaría en él, en el sentido de compatibilizar el progreso con un concepto de mejorar la dignidad del ser humano, allí donde este resida y el lugar del Mundo en que se sitúe. De hecho, mi concepto del liberalismo, en el sentido político, está influenciado, y en mucho, por el concepto de la defensa de la Justicia Social que D. Juan Antonio defendía, tanto en público como en privado.

No voy a extenderme más de lo necesario. Para resumir mi alegato en honor a este gran profesor y persona, solo debo de decir que la Universidad y el mundo del Derecho han perdido a un paradigma de lo que, en Derecho Romano, se definía como el concepto del ius, “ars boni et aequm”, el arte de juntar lo bueno con lo equitativo. Así ha sido y será siempre, en la memoria de todos aquellos que lo disfrutamos y lo conocimos. Como cristiano y alumno suyo, le deseo que descanse en el Señor en Paz.

Julio José Elías Baturones, Doctor en Derecho

Juan José Elías Baturones

Author: Juan José Elías Baturones

Doctor en Derecho. Gestor titular de la Administración de Justicia y Secretario Judicial sustituto. Profesor asociado de Derecho Procesal de la Universidad de Sevllla.

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