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Ese cliente especial

Estoy seguro. Cualquier abogado que lleve algunos años ejerciendo su profesión puede referir que, entre sus clientes, figura al menos uno que tiene algún rasgo que lo distingue y que, desde luego, termina por ser como de plantilla en su clientela y, por ende, asiduo visitante de su despacho. Los que hemos dedicado más de medio siglo a este oficio de abogar tenemos bastante que contar en este sentido. Yo no me olvido de aquel cliente del despacho en el que cursé mi pasantía, en tiempos ya remotos, al que atendimos todos los letrados bisoños que recibíamos las enseñanzas del maestro, y al que terminé unido por lazos de amistad que sólo pudo desanudar su fallecimiento. De él tengo referidas en letra impresa algunas de sus ocurrencias. Es posible que también me anime un día de éstos a dejar constancia en estas contraportadas de ciertas “salidas” de Lucas, hombre fiel a mi despacho al que, gustosamente, concedí el título de cliente honorario.

La introducción que antecede se justifica porque el relato que hoy va a ocupar este espacio versa sobre el singular cliente de uno de los despachos más prestigiosos de nuestra ciudad, del que me ha pasado noticia un querido compañero que forma parte del grupo de ilustres juristas que integran tal bufete. Al cliente en cuestión lo vamos a identificar aquí con el nombre ficticio de Tiburcio.

Tiburcio era natural y vecino de un pueblo de la provincia de Sevilla. A la sazón de lo que me propongo referir era hombre que había rebasado de largo los cuarenta, soltero vocacional, lambrijo de estampa, apatanado de modales, poco amigo de las letras y con un algo acentuado de rastacuero. Ciertamente, la vida no se había mostrado cicatera con este individuo, que rodaba en coche de lujo y era de mano larga a la hora de tirar de cartera para brindarle un homenaje a su cuerpo, aunque éste no fuera precisamente serrano.

Quien no estuviera al tanto de su peripecia vital, habría pensado que Tiburcio no tenía profesión u oficio. Pero quien diere en tal pensamiento, incidiría en grave yerro. Al igual que hasta no hace mucho a las mujeres que carecían de cualificación laboral se les adjudicaba como profesión la de “sus labores”, de Tiburcio se podía predicar que era de profesión “sus tías”. Y es que Tiburcio, nieto de un matrimonio harto prolífico, tenía ocho o nueve tías, hermanas de su madre, todas solteras y todas dueñas de un saneado patrimonio compuesto de bienes raíces, así rústicos como urbanos. De todas y cada una de ellas, Tiburcio, el sobrino amado, era heredero único y universal.

Por imperativo biológico, las señoras tías de nuestro hombre iban abandonando este mundo, y cada vez que se producía el tránsito de una de ellas, él incrementaba su hacienda de modo considerable, lo que le permitía darse una vida regalada, totalmente liberado del enojoso gravamen sudoral que el Sumo Hacedor le impuso al primer hombre para ganar el pan que había de comer. Nunca deseó, ¡eso nunca!, que a ninguna de sus tías le llegara célere el boleto para el más allá. Antes al contrario, a todas deseaba dilatada estancia en este valle de lágrimas, y cuando se producía el luctuoso evento del óbito de cualquiera de ellas, lo que había lugar a breves intervalos y sin rigor cronológico, a Tiburcio se le dibujaba en la faz un rictus de conmovedora compunción, de sus ojos manaba un par de lágrimas que se deslizaban mansamente por sus atezadas mejillas, e incluso se ponía una corbata, pese a que el uso de este complemento, aunque se le tenga por signo de elegancia, no figuraba entre sus hábitos. Ítem más: siempre respetó el piadoso detalle de procurar a la finada de turno, como muestra póstuma de buen sobrinazgo, las más solemnes exequias que le fuere dado oficiar al párroco del pueblo.

Pues bien, por motivos sucesorios y otros motivos, Tiburcio era un cliente fijo en el despacho en cuestión, al que acudía con frecuencia. Un día, mientras esperaba a ser atendido, se distrajo ojeando una revista de las que se tienen en toda consulta. Fijó su atención en un titular que, con destacados caracteres, rezaba así: “LA PRINCESA DE BORBON-PARMA, EN BARCELONA”. Como era casi analfabeto, deletreó dificultosamente y en voz alta:

-La prin-ce-sa-de-bor-bón-par-ma-en-bar-ce-lo-na..

Y a seguidas, exclamó :

-¡Vaya! ¡Otra que ha parmao!…

El compañero que me ha informado sobre este personaje, me cuenta también que en otra ocasión, cuando estaba preparando la defensa de Tiburcio en un pleito, le indicó la necesidad de disponer de un testigo que confirmara su versión de los hechos. Tiburcio no había previsto la eventualidad de precisar un testigo, ni le constaba si éste habría de ser veraz. El hombre elevó su mirada al techo y, tras unos segundos de ensimismamiento, con un precipitado bisbiseo como si estuviera repasando la lista de sus amigos de más confianza, habló al fin:

-¡Ya está! El testigo va a ser Manolito el “enfoscaor”…

Comoquiera que el letrado le pidiera aclaración sobre si el tal Manolito se dedicaba a enfoscar muros o paredes en labores de albañilería, Tiburcio, sonriendo picaronamente, le dijo:

-¡No, qué va! Es que por las noches coge una linterna y “enfosca” a los novios que están a lo suyo en la carretera…

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