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El valor Justicia en Don Quijote y en Martín Fierro

I. Introducción

Con motivo de la celebración del IVº Centenario de la edición príncipe de la obra cumbre de Don Miguel de Cervantes Saavedra y, aprovechando mi formación académica a ambos lados del Atlántico, valgan unas breves reflexiones sobre el valor “Justicia” en dos obras magnas del idioma español, patria común de americanos y españoles, gracias a la cual sentimos como propias y compartidas las experiencias culturales que se dan en cada uno de nuestros países.

Así como en Buenos Aires sentimos a Cervantes o Unamuno como propios, también en España se siente a Borges o a Sábato como algo de la Península, expresiones todos de la cultura que surge con la fuerza de la lengua común.

Y ello, porque la historia de nuestra lengua era como un flujo que aunque reconoce hitos mayores y protagonistas memorables, se parece más a un río de montaña que va engrosando su caudal a medida que avanza ganando en serenidad y empuje. Hay también, como en toda obra humana, hechos afortunados, como lo fue hace 500 años la conjunción del talento de Antonio de Lebrija y la visión de Isabel de Castilla. A aquél le debemos la gran construcción técnica y a la Reina, el tributo de reconocer una cultura política sin par y una capacidad fuera de lo común para comprender que el poder está sostenido antes que nada, por cimientos culturales. La España de 1500, la que fundó la América de la que vengo, era, primero que nada, una potencia cultural. Y la lengua iba más rápido que las carabelas.

Así pues, el idioma español no sólo fue lengua de un imperio como soñó Isabel, sino la lengua de una civilización que se trasplantaba. Será la lengua de un imperio pero mucho más, será la lengua de una siembra en un campo vastísimo, con un esfuerzo descomunal y con frutos que han cambiado la historia de la humanidad.

La siembra llevaba valores morales, sociales y políticos de la España europea y que aunque se adaptarán flexiblemente a las nuevas realidades y aceptarán el aporte que nuestros padres indianos realizarán en las costumbres y en las instituciones, permanecerán como columna vertebral de nuestro sistema de ideas.

Por consiguiente, podemos destacar, que el respeto por la vida humana, el principio de libre albedrío, el derecho a la diferencia y el rechazo al poder absoluto de los gobernantes, el dar a cada uno lo suyo, son algunos de los valores de la América hispana que venía desde aquella siembra que están expresados en la lengua común, siguen siendo nuestra matriz moral y tienen su reflejo, en el campo de la literatura, como trataremos de reflejar en nuestro análisis comparativo de las obras de Miguel de Cervantes y José Hernández.

II. Los signos de los tiempos

Diversos autores y nuestra observación señalan como constante actual la crisis de valores. En nuestros países se denuncian, como factores, la inestabilidad de la familia, la deficiencia de la educación, el desempleo y el paro, la falta de idoneidad y honestidad en la administración de justicia, la corrupción, la pobreza y las limitaciones sanitarias, la inseguridad pública y privada, la desaprensión en el manejo del dinero fiscal, la carencia de representatividad comprometida de los agentes de la democracia estatal, el consumo y tráfico de drogas. Si bien reconocemos la vigencia progresista de la globalización en lo tecnológico y financiero, que pauta a los centros mundiales de decisión y poder, no dejamos de observar, con pesar, la diferenciación creciente entre las sociedades opulentas y las mayoritariamente deficitarias, siendo tristes realidades en nuestro mundo actual, todavía, la violencia, el terrorismo y el hambre.

Pero estos fenómenos concretos de desorganización social son indicadores de una situación más profunda, de despreocupación, de falta de compromiso con el trabajo de remediar dichos desajustes. En “Fides et ratio”, octubre de 1998, se señalaba ya el escepticismo, el pasotismo, la tentación de la desesperanza por considerar que todo es fugaz y provisional y que no debe asumirse ningún compromiso definitivo en la vida.

Considerando como disvaliosa esta actitud mental por desestimar en el hombre, en la persona humana, su dignidad íntima, esencial y eviterna, su anhelo de vivir mejor, afirmamos la primacía de la verdad. Lo que es y es conocido por nuestra inteligencia; como primer valor. Valiosa es la vida. Valorar es la operación de reconocer, aceptar, respetar al otro, el otro, como me conozco y acepto a mi mismo A mi realización y a la realización de las otras personas humanas. A cada uno según lo que es(1).

III. Bases históricas de nuestra justicia

Hemos llegado al punto de oír al folclore castellano, voz del pueblo, “del pan y del palo, uno para el bueno y otro para el malo”. “La justicia y la muerte igualan a los vivientes”(2). Aristóteles, tan poco propenso a la adjetivación, nos comunica: “Ni el lucero del alba ni el Hérpero del crepúsculo brillan con fulgores tan lúcidos como la justicia”. En la Ética a Nicómaco, en su libro quinto, esconde concibe la virtud cardinal como referida necesariamente al orden del universo, es la condición general para que conviven los hombres. Dar a cada uno su derecho, objeto de la voluntad operativa, dar a cada uno lo suyo. Una sociedad sin justicia es un des-orden. Con magistrados tendenciosos o parciales es una farsa inicua. Vive en nosotros la enseñanza del Estagirita, integrada al derecho justinianeo y a la definición de Ulpiano. Es recipiendaria de aquellos principios del honeste vívere, álterum non laedere, suum quique tribúere; naturales, de razón. Y heredamos también los “Comentarios” de Santo Tomás. Se incorpora así a nosotros la tradición fideísta judía: “Dios es justo” (nos enseña el Éxodo, IX, 27). “Tú estarás escuchándole desde el cielo; harás justicia a tus siervos, condenando al impío” (I Reyes, VIII, 32), y de Jesús: “Que vuestra justicia sea mayor que la de los escribas y fariseos” (Mateo, V, 20); “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados y los que padecen persecución inicua de la justicia, porque de ellos será el Reino de los Cielos” (Mateo, 6 y 10).

IV. El fenómeno jurídico completo

Luego, el fenómeno jurídico en su plenitud se comprende por la indagación de las conductas en interacción, como hechos y actos, las normas legales y el valor justicia, que es “como la estrella polar que guía a los navegantes”, al decir de Alfonso X el Sabio, y en este sentido modifica y hasta revoluciona la facticidad presente. Pero también está incluida en la ley, en la medida que esta la tutela y en la mente del legislador y del legislado.

En el estudio del fenómeno jurídico hay algo dado o fondo histórico en todo grupo humano, la cultura heredada y compartida, enraizada en las ramas genéticas de un pueblo; en nuestro caso los de cultura hispánica. Además, un presente de conductas y comportamientos actuales, dar, hacer o no hacer. Continuar o modificar, transmitir o innovar. Y una prospección futura, planificación jurídica para el provenir. Su deber ser; asumiendo sus aciertos, sus iniquidades y tiranías jurídicas. Ley apoquediasmenos diría Aristóteles refiriéndose a la injusta.

Esta complejidad del fenómeno jurídico es lo que queremos destacar. En lo dado, por ejemplo, el concepto que se tuvo de lo justo, lo equitativo circunstanciado, lo justo de cada época y lugar: la esclavitud, los galeotes, la leva compulsiva de soldados, el duelo, el ostracismo, el voto masculino, fueron signos de unos tiempos. Reparemos asimismo en la estructura social vigente, que admita o permita determinados procedimientos y tolere la influencia de ciertos grupos de presión.

Para lo futuro, el grado de conciencia crítica individual y social alcanzado y la aptitud para programar. Todo esto también lo intuye el pueblo que canta: “Tres cosas son menester/para justicia alcanzar/tener razón,/saberla pedir y/ que te la quieran dar”.

V. Dos obras representativas

Con estos supuestos, conociendo en profundidad la historia de las sociedades hispanoamericanas y la cultura ibérica, en sus desarrollos e influencias, escogemos dos obras, que la crítica literaria culta así como el imaginario popular, consideran representativas y arquetípicas de los valores y desvalores de nuestra cultura hispánica: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote” (en dos partes, editadas en 1605-1615) de Cervantes, para España y el “Martín Fierro” (también en dos partes, editadas en 1872 y 1879) de José Hernández, para la Argentina. Abocándonos a la tarea de escrutar el valor justicia, como hemos adelantado ya. Fundamento del bien común por el respeto a la persona humana, a través de las peripecias, situaciones y testimonios de su prosa y sus versos. Los personajes protagónicos extremosos, son símbolo polares. Sobre ello todo se ha dicho y escrito: realismo, idealismo, adaptación a la sociedad, retraimiento, rebelión, base histórica o pura ficción; pero esto no nos ocupará ahora. Lo cierto es que la vigencia simbólica de ambas obras no se discute.

Una es crítica literaria contra un gusto o moda y de los desajustes concretos. Fenómenos de desorganización social de la sociedad estamental, ya en transición. La otra es crítica rebelde contra la estructura clasista embrionaria; pero las éticas valorativas se enraizan y armonizan superando trescientos años de separación temporal. Los protagonistas, que proyectan su mensaje judicativo son diferentes también: un modesto hidalgo, un avispado campesino castellano, y un pobre marginado americano de campo tradicional, que no se adapta al incipiente sistema de avidez capitalista.

VI. Cambios dinámicos

Yendo al contenido de los textos es curioso comprobar que frente a la vigencia del quietismo oriental, no compartido por la cultura mediterránea ni americana, en nuestras obras glosadas es constante, no sólo lo tradicional, sino también la idea de cambio: “Pensar que en esta vida las cosas de ella han de durar siempre en un estado; es pensar en lo excusado (lo inútil); antes parece que anda a la redonda, como rueda continua, la inestabilidad de la vida”, dice que dijo Cide Hamete Benengeli (Don Quijote, II, cap. 53). Ya el mismo pensamiento había sido expuesto brillantemente por Dante y por Jorge Manrique. Martín Fierro, a su vez reflexionará: “¡La pucha (pu…) que trae lociones (lecciones)/ el tiempo con sus mudanzas!” (Martín Fierro 131-32).

VII. Dios fuente de toda razón y justicia

Quien está fuera del cambio es Dios, creador, juez y la vida eterna. “Sancho puesto de rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidió a Dios con una larga y devota plegaria le librase de allí en delante de los acontecimientos de su señor” (Don Quijote II, 29); “Primeramente –dice en sus consejos a Don Quijote- has de temer a Dios, porque en temerle está la sabiduría (II, 42). “Estos que somos escuderos de caballeros andantes comemos el pan con el sudor de nuestros rostros, que es una de las maldiciones que echó Dios a nuestros primeros padres”(II, 13). “En la Insula, le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios” (II, 45).

El gaucho, a su turno, invocará: “Vengan Santos milagrosos/ vengan todos en mi ayuda;/ le pido a Dios que me asista/ en esta ocasión tan ruda” (I, 13-18). “En el mayor infortunio/ pongan su confianza en Dios/ de los hombres, sólo en uno, con gran precaución en dos” (II, 4621-24). “Ama el hombre con ardor,/ ama todo cuanto vive,/ de Dios vida se recibe/ y donde hay vida hay amor” (II, 4207-10).

La idea de Dios personal, creador, propia de la cultura mediterránea, nos implica a los hombres: “De un don que de otro depende/ naides se debe alabar” (II, 4129-30). “Y dende que dio a las fieras/ esa júria tan inmensa:/ que no hay poder que las venza/ ¿qué menos le daría al hombre/ que el valor pa su defensa?/ Pero tantos bienes juntos,/ al darle, malicio yo,/ que en sus adentros pensó/ que el hombre los precisaba,/ pues los bienes igualaba/ con las penas que le dio” (II, 2173-84). Como en el pensar de Sancho sobre la pena a nuestros primeros padres, Fierro aquí también ha formulado una creencia de justicia teológica. La complejidad del fenómeno jurídico, a la que ya hemos hecho referencia, se manifiesta en esta reflexión, sobre un problema profundamente humano, que andando el tiempo será germen de inspiración para la famosa obra de von Ihering La lucha por el derecho. El logro de lo suyo de cada cual y la realización de la justicia es imperativo para cada país, cada generación y cada persona. Nunca es una obra acabada. Ninguna conquista o arribo alcanzado tiene garantía de permanencia. En esto, el orden moral y jurídico no es como el nivel científico. El egoísmo trasgresor, el individualismo, el racismo o el simple particularismo insolidario, el “ande yo caliente…”, acechan en nuestra sociedad en cualquier época y dentro de nosotros mismos en cualquier momento. La justicia es virtud, precisamente, porque para ser inspirados por ella y cumplirla exige un esfuerzo de nosotros y de cada uno y un vencimiento de conveniencias.

Las dificultades, muchas veces el dolor, en algunos espíritus la soledad o el peligro nos acercan a Dios. Fierro, perseguido por la indiada, acosado, dice: “Si me salva/ la Virgen en este apuro,/ en adelante le juro/ ser más güeno que una malva” (I, 1587-90). “Y pedí a mi Dios clemente/ me perdonara el delito/ de haber muerto a tanta gente” (I, 1648-50). “Gracias le doy a la Virgen,/ gracias le doy al Señor” (I, 37-38).

La Virgen, como amparo, campea también en el Quijote, con la sugerente denominación árabe: “El verdadero Alá te guarde señora y aquella Marien, Lela o Leila, virgen, que es la verdadera Madre de Dios y es la que ha puesto en el corazón que te vayas a tierra de cristianos” (I, 40). Es la dama por antonomasia del hidalgo castellano y del gaucho criollo, mientras que para aquél Dulcinea permanece como paradigma ideal.

Finalizando su poema Hernández recuerda como Dante, en su Comedia, “estos son treinta y tres cantos,/ que es la mesma edá de Cristo”. Después de haber afirmado el gobierno de la Providencia: “Más quién manda los pesares/ manda también el consuelo,/ la luz que baja del Cielo/ alumbra al más encumbrao,/ y hasta el pelo más delgao/ hace su sombra en el suelo” (II, 367-73).

De Dios, como ley esencialmente eterna, derivan las otras y en oportunidad del justo empleo de las armas, Don Quijote dirá: “por cuatro cosas se han de tomar y por cuatro causas se han de poner a riesgo las personas, vidas y haciendas: la primera por defender la fe católica; la segunda por defender su vida natural y divina (estamos en la legítima defensa); la tercera por su honra, la de su familia y hacienda ( el honor, base de los estamentos); la cuarta, en servicio de su rey en la guerra justa y si quisiéramos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, en defensa de su patria. Siempre en formas justas y razonables, nunca como venganza, injusta, por ir contra la santa ley que profesamos, de hacer bien a nuestros enemigos, porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla” (II, 27). “El trabajar es la Ley, dirá Fierro; debe trabajar el hombre/ para ganarse su pan,/ pues la miseria en su afán/ de perseguir de mil modos,/ llama en la puerta de todos/ y entra en la del haragán” (II, 4690-60).

VIII. Justicia virtud, injusticia impuesta

En los dos textos que estamos analizando, la justicia no es objeto de lucubraciones teóricas, sino que se la menta y aprecia en comportamientos prácticos y con tendencia a la personalización en quien desempeña autoridad. Se da, por supuesto, el distingo entre justicia general y particular y de ésta, entre distributiva y conmutativa, pero lo que importa es quién y cómo se reconoce y otorga cuando se reclama. Sancho declara: “Advierta vuestra merced, que la justicia, que es el mismo rey, no hace fuerza ni agravio y a los que castiga es en pena de sus delitos”. “Que su declaración debe ser libre, no consecuencia de confesar el tormento”. “Parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”; dirá Don Quijote (I, 22) “¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?. Esta duda irónica de Don Quijote pone en crisis, sub exámine, el sistema procesal vigente en todo el mundo, ciento cincuenta años con prioridad al marqués Césare Beccaría y con cuatrocientos años de anterioridad al Supremo Tribunal de Israel actual(3).

Por la confianza y legitimidad que inspiran se podrían decir, como Sancho: “me tengo que quejar en voz y en grita a Dios y al rey, que pongan remedio” (II, 6); “Señor gobernador, este mancebo como columbró la justicia, volvió las espaldas y comenzar a correr como un gamo, señal que debe de ser algún delincuente. -¿por qué huías?- por excusar de responder las muchas preguntas que las justicias hacen” (II, 49). Comprobamos: personalización, particularismo, conjeturas y presunciones, ironía por la temeridad en las conclusiones sobre indicios, sensación de agobio por los agentes de la seguridad y la administración de justicia.

En Martín Fierro, protestatario, la injusticia estructurada es evidente. Así la compulsión de la leva: “Y que usted quiera o no quiera,/ lo mandan a la frontera o lo echan a un batallón” (I, 280-3). “Pero el gaucho desgraciao/ no tiene a quien dar su queja/ …no quería, que en las casas me rodiara la partida./ Pues aunque vengan ellos/ cumpliendo con sus deberes,/ yo tengo otros pareceres” (I, 1413-23).

El valor justicia, como necesidad y anhelo del corazón, más que de la voluntad, lo experimenta el gaucho desposeído: “Cristiano anhelaba ser,/ la justicia es un deber/ y sus méritos no callo” (II, 728-84). Para caer luego en la frustración: “Es señora la justicia/ anda en ancas del más pillo” (II, 3395-96).

Suprimidos legalmente los tormentos en el Río de la Plata, desde 1813, se siguieron practicando. Protesta Fierro: “fi a ginetiar en el cepo/ por cuestión de candidatos” (II, 3383). Se empleaban los apremios ilegales hasta por motivaciones de oposición política.

IX. Temis administrada

Recomienda Don Quijote, al abordar la aplicación de la equidad, justicia en caso concreto, regla lesbia que se ciñe a la realidad: “Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente. Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea por el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de tu enemigo, aparta las mientes de su injuria y pónlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena. Si alguna mujer hermosa viniera a pedirte justicia, quita tus ojos de sus lágrimas, si no quieres que se anegue tu razón. Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado con la pena del suplicio. Al culpado debajo de tu jurisdicción, considérale en las condiciones de la naturaleza nuestra, sin hacerle agravio, porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece, a nuestro ver, la misericordia que la justicia. Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, para no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey. Si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a príncipes y señores, porque la sangre se hereda pero la virtud se aquista; la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale” (II, 42).

Para el criollo también la justicia debería valer por sí, pero se incardina en quien, con autoridad, debe practicarla, primando para su desgracia un sistema social abusivo. Dirá: “Pero también los que mandan/ debieran cuidarnos algo” (I, 9834). “Y con la justicia/ no andaba bien por allí,/ monté y me encomendé a Dios,/ rumbiando para otro pago,/ que el gaucho que llaman vago/ no puede tener querencia” (I, 1307-72). Y recordando a sus hijos se entristece: “los pobrecitos tal vez/ no tengan ande abrigarse” (I, 1076-6). “Es el pobre en su orfandá/ de la fortuna el desecho,/ porque naides toma a pecho el defender su raza,/ debe el gaucho tener casa, /escuela, iglesia y derechos” (II, 4823-28).

Faltaban vivir diez años todavía para que la protesta se configurara ideológica y políticamente en el Río de la Plata, con el radicalismo, el socialismo y el catolicismo social. Aquí, en el poema, no se pretende aniquilar nada, se reclama por el bien común que se lograría con la vigencia de la justicia. Por eso, como Don Quijote, el hijo de Fierro aconseja: “A nadies envidia,/ que es muy triste el envidiar,/ cuando veas a otro ganar/ a estorbarlo no te metas,/ cada lechón a su teta/ es el modo de mamar” (II, 2379-84).

En cuatro palabras para los lectores, que son el prólogo de la segunda parte del Martín Fierro, José Hernández, en prosa, señala que: “el trabajo honrado es la fuente principal de toda mejora y bienestar. Inculcar en los hombres la veneración hacia su Creador y obrar bien, enalteciendo las virtudes morales, que nacen de la ley natural. Enseñando a tratarnos con respeto recíproco y también hacia los superiores y magistrados. Afirmando el amor por la libertad”. Para clamar en el poema: “Tiene el gaucho que aguantar/ hasta que lo trague el hoyo,/ o hasta que venga algún criollo/ en esta tierra a mandar” (I, 2091-94).

X. La evasión ante la injusticia

Los recursos contra la adversidad o la injusticia pueden ser varios y no excluyentes: la inadaptación y rechazo, el soñar paradigmas de evasión, la ironía corrosiva, violencia pícara contra el sistema violento, la adaptación servil, la conspiración programada… Nacen en lo profundo del psiquismo resentido y se proyectan en comportamientos sociales.

Don Quijote, inspirado(4), cree recordar la “dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quienes los antiguos pusieron nombre de dorados, porque los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras del tuyo y lo mío. Eran, en aquella santa edad, todas las cosas comunes… Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia… No había fraude, engaño ni malicia mezclándose con la verdad y la llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen ofender los del favor y del interés. La ley del encaje aún no se había asentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar, ni quien fuese juzgado…” (I, 11). Esta apología que está prefigurada en Dante y en Manrique, como inspirados en clásicos griegos y latinos y nos recuerda, curiosamente, el angelismo de “La ideología alemana” y a la romántica Concepción Arenal, tiene su correspondiente sublimación criolla: “Yo he conocido esta tierra/ en que el paisano vivía/ y su rancho tenía/ y sus hijos y mujer;/ era una delicia ver como pasaba los días” (I, 133-38). “Ah tiempos, si era un orgullo/ ver ginetiar un paisano…” (I, 182-2). “El gaucho más infeliz tenía tropilla de un pelo” (I, 1211-12). “Aquello no era trabajo,/ más bien era una junción,/ pa darle un trago de caña/ solía llamarlo el patrón” (I, 223-28). “Y con el buche bien lleno/ era cosa superior/ irse en brazos del amor/ a dormir como la gente” (I, 199-202).

Otra canalización de la desadaptación es el ejercicio de la picardía. La famosa picaresca: “El ventero socarrón, en los años de su mocedad se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo, buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes donde había ejercitado la ligereza de sus pies y sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recostando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando algunos pupilos y finalmente dándose a conocer a cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España” (I, 3). “Si yo tuviera esos veinte ducados hubiera untado la péndola del escribano y avivado el ingenio del procurador, de manera que hoy me viera en mitad de la plaza de Zocodover de Toledo” (I, 22). Aquí estamos topando con la famosa coima portuguesa y argentina, la astilla española, la mordida centroamericana(5). Martín Fierro la intuye y sabe: “lo que el juez iba buscando/ sospecho y no me equivoco,/ pero este punto no toco/ ni su secreto averiguo” (II, 2163-66). “El diablo no se descuida/ y a mi me seguía la pista./ Un ñato muy enredista/ que era oficial de partida,/ se me presentó a esigir/ la multa en que había incurrido:/ que el juego estaba prohibido,/ que iba a llevarme al cuartel/ tuve que partir con él/ todo lo que había adquirido” (II, 3242-52).

La adaptabilidad a la estructura en crisis es expuesta con finísima ironía mordaz por Cervantes. El galeote va a galeras por alcahuete y hechicero. Don Quijote se sorprende o finge sorprenderse: “Por solamente alcahuete no merecía ir a bogar en las galeras, sino a mandarlas y a ser general (almirante) de ellas. El oficio de alcahuete es de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada y aún debía haber examinador de los tales, como en los demás oficios y se excusarían muchos males, por andar ahora este ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento” (I, 22).

XI. Consenso con la legalidad

Accedemos así a una problemática dramática, dialéctica, entre el soñado ideal anárquico y lo gubernamental necesariamente admitido. Está latente en toda situación política y jurídica. En ambas obras analizadas hay reconocimiento de la necesidad del ordenamiento legal en las dos situaciones sociales, con todos los reparos fácticos, circunstanciales, que podemos comprobar. La Santa Hermandad es la primera fuerza de seguridad moderna en Europa, que garantiza vida y bienes en los caminos, lo que no es poco. Merece respeto: “¡Téngase a la justicia! ¡Ténganse a la Santa Hermandad! ¡Favor a la justicia!, es la señal que pone fin al desorden barullento de la venta” (I, 16). “Se que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo”, dice Sancho y Don Quijote se apresura: “no tengas pena amigo, que yo te sacaré de manos de la Hermandad” (I, 10).

El ordenamiento general de las conductas, la juricidad de los comportamientos en nuestra cultura mediterránea y en particular en la patria de Alfonso X el Sabio, de Francisco de Vitoria, Francisco Suárez y de la pléyade de juristas de los siglos XVI y XVII es asumida por el protagonista y mueve a Don Quijote, en el Curioso Diálogo de las Armas y las Letras, a afirmar: “sin las letras no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas” (el Derecho internacional). A lo que responden las armas, que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos (se logra el orden público y efectiviza la soberanía interior y exterior) (I, 38). “Porque suelen decir que los trabajos del espíritu exceden a los del cuerpo y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan. Sin embargo, hay que conjeturar los designios del enemigo, las estratagemas, que son acciones del entendimiento (estrategia y táctica). Y el objeto de las letras humanas, cuyo fin es poner en su punto la justicia distributiva, dar a cada uno lo que es suyo y entender y hacer que las buenas leyes se guarden, mientras que las armas tienen como objeto y fin la paz, el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. Prometido por los ángeles cuando cantaron: Gloria sea en las alturas y paz en la tierra a los hombres; y la salutación que el mejor Maestro de la tierra y del cielo enseñó: Paz sea en esta casa. Mi paz os doy, mi paz os dejo” (I, 37).

En las soledades pampeanas la realidad es más dura, aún tres siglos después. El criollo sabe, como descendiente hispano, que existen leyes también en la guerra cruel, pero: “Es guerra cruel la del indio/ porque viene como fiera,/ odia de muerte al cristiano,/ hace guerra sin cuartel” (II, 541-54). Curiosamente, allá el musulmán, aquí el infiel, reciben y acogen no sólo a tránsfugas sino también a los renegados (Don Quijote II, 43) y “pido perdón a mi Dios/ que viva entre los infieles” (Martín Fierro 2149-52).

Desde el descubrimiento y pacificación de América, el criterio institucional que se aplicaba para la interacción con los indígenas es análogo al usado con el musulmán, sirviendo como antecedente y jurisprudencia: adelantazgos, encomiendas, monogamia-poligamia matrimonial cautivos. En los casos de redención, con el juicio de reducción se probaba la incontaminación (Don Quijote I, 41)(6). Así lo expresaba el criollo: “Cuanto tiene que sufrir/ la infeliz que está cautiva” (I, 1055-56). El plena pampa, también el hijo de Fierro, suelto, mordaz, recordará todavía: “anduve como moro sin señor” (II, 2745-46).

Viviendo andanzas caballerescas el discreto hidalgo del Verde Gabán le consulta a Don Quijote sobre la vocación poética de un hijo suyo, a quien quería hacerle estudiar leyes, “pues vivimos en un siglo en el cual nuestros reyes premian altamente las virtudes y buenas letras” (nada menos que en el Siglo de Oro). Aquí también el Ingenioso Hidalgo rompe una lanza por la libertad, como derecho humano, lo suyo y propio de nuestra naturaleza. Por tanto, objeto de la justicia. “No se debe estudiar pane lucrando dice, sino que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado. Déjelo caminar por donde su estrella le llama; por sí mismo subirá a la cumbre de las letras humanas, como caballero de capa y espada, u honrar las mitras de los obispos o las gamachas o togas de los peritos jurisconsultos” (II, 16). Tan partidario, se muestra el dicente del libre arbitrio, que más adelante registra esta experiencia: “llegué a Alemania, donde cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ella se vive con libertad de conciencia” (II, 54).

Canta el castellano, canta el catalán sus tenzones provenzales, como “el gaucho, que el amor como la guerra los hace con canciones” (I, 2283). Don Quijote aconseja al titiritero del retablo: “sigue tu canto y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sutiles” (II, 26). Este género, precisamente, la payada de contrapunto, es el que empleará Fierro para enfrentar al Moreno: “Te quiero preguntar/ lo que entendés por la Ley… Hay muchos que son dotores/ y de su cenciano dudo/ y aunque de esto poco entiendo,/ estoy diariamente viendo/ que aplican la del embudo” (II, 4215-58). Don Quijote se enfada con los letrados que aplican la ley del encaje, mal y pronto para salir del paso, “que suele tener mucha cabida en los ignorantes que presumen de agudos” (II, 42). Fierro se agravia y queja de la del embudo, que es un tuerto más serio: ancha para los de arriba, estrecha para los de abajo. Ahí está la diferencia.

XII. La fuerza violenta como ordalía sustitutiva

Ha habido, en nuestras sociedades, una tendencia personalizada de reparar injusticias, recurriendo al justiciero o al caudillo supuestamente providencial, “hasta que venga algún criollo, en esta tierra a mandar”, canta Fierro. Así también emerge el Luis Candelas, el Diego Corrientes, el Tempranillo, el Isidro Velásquez, “Hormiga Negra”. Cervantes lo personifica en Roque Guinart y apunta en boca de Sancho, que observa la escrupulosidad con que reparte lo robado: “Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia distributiva, que es necesario que se use aún entre los mesmos ladrones” (II, 40).

En la sociedad estamental, cuyo valor eje era el honor, existía la expectativa y presión social de su defensa por la fuerza y por las normativas de los códigos de honor. La actitud crítica de tal coacción y la innovación, propia de las épocas de transición, se expresa por labios del Duque. Son las limitaciones crecientes al deber de defensa. “Así como no agravian las mujeres y los niños, no agravian los eclesiásticos. Aunque pueden ser ofendidos no pueden ser afrentados, porque no pueden defenderse”. “Sea un ejemplo, válido para todos: está uno en la calle descuidado y llegan diez, con mano armada y le dan de palos. La muchedumbre de atacantes se le opone. Este tal queda agraviado pero no afrentado (deshonrado). Y así, según las leves del maldito duelo…” (II, 32). Este calificativo es el que nos alerta. Todavía, histriónica y burlescamente el Duque asume el duelo, recogiendo el guante por el vasallo que agraviara a la dueña dolorida Doña Rodríguez, representada en la lid por el caballero Don Quijote. “Se aplicaron todas las leyes de honor examinadas y vistas por los jueces de campo, como árbitros hubo en otros casos” (II, 7). Martín Fierro, siguiendo las normas y tácticas de la esgrima de capa, poncho, facón y puñal, lo testimonia así: “Me atropelló dando gritos;/ pegué un brinco y abrí cancha, diciéndoles: caballeros/ dejen venir ese toro,/ sólo nací…sólo muero” (I, 1190-94).

XIII. Solidaridad caballeresca

Acosado por la morisma va el legendario caballero y su amada dama huyendo para Francia. “Don Quijote de pié y en voz alta exclamó: No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiteros ¡Deteneos mal nacida canalla; no le sigais ni persigais, si no conmigo sois en batalla! Y diciendo y haciendo desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover a cuchilladas” (II, 26).

En la inconmensurable pampa, “no aguardaron más/ y se apiaron en montón,/ como a perro cimarrón/ me rodiaron entre tantos;/ yo me encomendé a los Santos/ y eché mano a mi facón,/ tal vez en el corazón/ le tocó un Santo Bendito/ a un gaucho que pegó grito/ y dijo: Cruz no consiente/ que se cometa el delito/ de matar así a un valiente” (I, 1537-1626). “Sabía que Cruz bravamente, yendo con una partida,/ había jugado la vida/ por defender a un valiente” (II, 3555-58).

Ante esta caballeresca y generosa solidaridad se revaloriza aquello de Benengeli, que “la santidad es la caridad” (II, 44) y se toma asimismo más chocante la incomprensión xenófoba y la insensibilidad social, pública y particular. “La Provincia (quiere decir la Autoridad) es una madre/ que no defiende a sus hijos./ Mueren en alguna loma en defensa de la ley,/ o andan lo mismo que el güey/ arando pa que otros coman./ Que no tiene patriotismo/ quien no cuida al compatriota” (II, 3715-24).

XIV. La de la espuela, la del estribo

Muchos hechos y actos jurídicos, obrantes en las fuentes analizadas, no han podido ni ser mencionados. Imposible agotar estos cuerpos bibliográficos monumentales, como son la novela castellana, repositorio rico de múltiples novelas y la trovada vida de cinco criollos. Concientes de esta limitación, nombramos algunos como ejemplo. Queda pues, en el arcén el problema de la muerte civil como incapacidad general; la irresponsabilidad por insania, paranoia mítomaníaca con brotes alucinatorios (Don Quijote I, 25); indemnización por daños y perjuicios, culpa aquiliana y responsabilidad sin dolo (II, 26); la sociedad estamental (II, 53), atuendos, etiqueta y símbolos de funciones estamentales (II, 42), el gran teatro de comedias del mundo, cada cual con su función al estilo de Calderón (II, 12); donde los artistas no son infames en derecho como en la “Siete Partidas”, sino irónicamente valorados con privilegios insólitos (II, 12); la institución de la cosa juzgada y la prescripción de la acción (II, 25).

Para ninguna de las dos obras, enraizadas en la conciencia e imaginario popular, se escapa la distinción entre la ley, que menta la justicia general y las cualidades individuales de los jueces, de cada juez en particular. Así perfilarán las características personales de los magistrados: autoridad moral, sagacidad, en Sancho magistrado (II, 45) e ingenio (II, 51) en el acertijo judicial de los que pasaban el puente con horca, donde se afirma categóricamente el principio “in dubbio pro reo” y misericordia. Conocemos la antítesis en Martín Fierro: “En tan triste desabrigo,/ tras un mes iba otro mes,/ guardaba silencio el juez…” (II, 2145-7).

Corona el Quijote sus recomendaciones criticando el problema de inflación legislativa: “no hagas muchas pragmáticas”; consuela a los presos que esperan la brevedad de su despacho y le recuerda que deberá responder por el desempeño del cargo en el juicio de residencia.

Presentadas las fuentes de nuestra investigación, que la prudencia nos obliga acotar, comprobamos que el espíritu y valores que dimanan del Quijote, no acabaron con su muerte, porque cíclicamente renace, como en el Martín Fierro, en quienes descubrieron y evangelizaron América y parte del mundo. En los voluntarios no gubernamentales en función de servicio al prójimo, en los médicos sin fronteras y en emergencias, en las misioneras de caridad. Y en quienes nos apasionamos y comprometemos con la empresa justiciera de respetar y desarrollar la persona humana, responsable y libre. En una tentativa por superar la miseria, la insalubridad, la ignorancia, la falta de Fe, la inseguridad, la drogodependencia, la corrupción, el déficit de participación, el autoritarismo y la violencia.

Nadie se crea ofendido

Pues a ninguno incomodo

Si canto de este modo

Por encontrarlo oportuno,

No es para mal de ninguno

Sino para bien de todos.

NOTAS

1. Cfr. Herrera Figueroa, Filosofía de los valores, Leuka, Buenos Aires, 1997.

2. Cfr. Martínez Kleiser, Refranero general ideológico, Real Academia de la Lengua, Madrid, 1989, nros. 35.559 y 35.606, pág. 404.

3. Beccaría, Dei delitti e delle pene, Arayú, Buenos Aires, 1955.

4. Alcalá Zamora, El pensamiento de “El Quijote” visto por un abogado, Kraft, Buenos Aires, 1947.

5. Cuevillas, Valores y desvalores de la cultura hispanoamericana, Universidad Católica de Salta, Buenos Aires, 1999.

6. AA.VV., Evangelización y teología en América (siglo XVI), tomo 2, Universidad de Navarra, Pamplona, 1990.

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